La anciana sabia
Era una tarde lluviosa y la anciana estaba sentada en su vieja mecedora frente al fuego de la chimenea.
Su rostro, curtido por el paso de los años y el cansancio de una vida plenamente experimentada, dejaba ver una suave muestra de la belleza de su juventud. Era la imagen de un ser tranquilo, acorde con lo que sentía en su interior, pues en sus contemplaciones parecía haber descubierto los misterios de la vida.
Estaba abstraída, como si mantuviese una intima conversación con el fuego que, la mantenía calentita esos días fríos de invierno, y ella, le devolvía una suave sonrisa en respuesta a su compañía.
Cada día de su vida había tratado de comprender el por qué de las cosas, y de los medios que tenía a su alcance para cambiar las que podía. Ella pensaba que los nietos eran su gran legado, al igual que ella los niños disfrutaban de su compañía. Les hablaba del poder de la palabra, la levedad de la existencia y sobre todo de que no estamos solos.
Lo hacía a través de cuentos y ellos habían preguntas que a ella le encanta responder. Esa tarde se acordó de la pregunta de uno de sus nietos cuando paseaba por el jardín, ¿Porqué abrazas ese árbol, abuela?, La abuela con una tierna sonrisa le contestó: El está vivo, como tú y como yo, es hermano, amigo, protector y comparte con nosotros sus días. Míralo hijo es un ejemplo de amor. Sus raíces son profundas, arraigadas a la tierra y crece hacia el cielo buscando a Dios.
No se te olvide cariño, que como ese árbol he crecido yo.
Alma violeta.

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